E

Enfrentarse a la naturaleza con una cámara abruma. Probablemente la sensación más común sea la ansiedad. La ansiedad de no reflejar lo que crees estar buscando. O quizás la inseguridad. No hay manera de honrar por completo ni siquiera el más obvio de los paisajes, o el más intrascendente de los motivos. Las posibilidades de encuadre se solapan unas sobre otras, mientras los matices de luz multiplican una y otra vez las opciones de reproducir un tono o un detalle. “Ante un entorno cualquiera -confesaba Gerhard Richter- veo innumerables paisajes, y apenas fotografío uno entre 100.000”.

No hay manera de honrar por completo ni siquiera el más obvio de los paisajes. D

Acercarse a un marco natural con el único ánimo de levantar acta de lo que tenemos ante nosotros acaba convirtiéndose en algo mecánico y superficial, una rutina, el certificado burocrático de una experiencia. Se trata de buscar más allá, de rastrear lo que está dentro y oculto en cada montaña, cada valle, cada roca, cada río o planta. No con ánimo académico o científico, sino aportando una visión que revele elementos que ayuden a comprender mejor el significado de ese objeto o paraje, que desmienta o compita con las perspectivas, tamaños y volúmenes a los que estamos sometidos. Y se trata también de dar cauce a lo que el fotógrafo siente por dentro, a sus circunstancias, a la carga emocional y afectiva que le sugiere lo que está viendo. Documentar su sensibilidad. Hay que transmitir tanto sobre lo que está frente a la cámara como sobre quién está detrás. Se trata en definitiva de ver, elegir, descubrir y compartir.

Y para ello es importante partir de dos conceptos, la belleza y el detalle. Pío Cabanillas

La naturaleza es una explosión de belleza, aún en sus manifestaciones e imágenes más oscuras, deformes y sórdidas. “En el peor de los casos, lo real tiene un pathos, la belleza” (Susan Sontag). La belleza natural nos rodea, define nuestra idea de la armonía, de la perfección, se presenta a veces sobria y austera, y a veces sorprendentemente barroca, repleta de formas producto del azar. Pero sobre todo plantea al observador todas las preguntas y respuestas en torno a las que gira el mundo del arte, y el de la fotografía en particular. Estructuras, formas y texturas, líneas, luces y sombras, están presentes ante nuestros ojos, a disposición e inspiración de nuestra creatividad y capacidad de expresión. Y esa belleza intrínseca no es un mero decorado al uso sino el marco indispensable para compartir las inquietudes, para expresar la subjetividad del fotógrafo.

En lo que se refiere al concepto de detalle, siendo naturaleza y belleza conceptos prácticamente sinónimos, Robert Adams mantenía que “si toda la Creación puede descubrirse en su fragmento más pequeño, ¿por qué no sugerimos esto eliminando las referencias a la escala”.

Las tomas parciales no mutilan o trivializan la belleza, ni son una verdad a medias. Los detalles que llaman nuestra atención permiten a menudo transmitir más fácilmente las profundas sensaciones que sentimos ante la naturaleza, y provocadas por ella. Mediante encuadres cerrados se resaltan las señas de identidad más sutiles, lo singular. Se descontextualizan los horizontes, los grandes escenarios naturales, se borran las referencias. La situación o lugar donde se encuentra el espacio fotografiado es irrelevante. No se pretende impartir una lección de geografía. Ni se trata de mirar más lejos sino más cerca, de aproximarse a los gestos, arrugas y cicatrices de la naturaleza.

De esta forma las fotos desafían nuestras ideas o imágenes preconcebidas sobre la supuesta apariencia objetiva de los elementos de la naturaleza; sobre el tamaño de las cosas, su peso y dureza. Se dota de movimiento a las estructuras más rígidas, y al mismo tiempo se fijan en el espacio líquidos y gases. El espectador, en fin, tiene la oportunidad de dejar a un lado su obsesión por identificar lo que ve y concentrarse en lo que siente, en la vivencia que el fotógrafo busca compartir, sin depender de filtros racionales. Como diría Emmet Gowin, “la fotografía es una herramienta para tratar con cosas que todos conocen y a las que nadie presta atención”.

Y para explicar este efecto no hace falta recurrir al concepto de abstracción. No se busca reducir o aislar de un todo el rasgo mas relevante del objeto, ni de idealizarlo o expresar su quintaesencia. En parte se renuncia al objeto reconocible y a las perspectivas convencionales, asumiendo el riesgo de que la fotografía pueda perder su sentido físico.

Pero la realidad no deja de estar representada porque no sea posible vincularla a su forma más reconocida. Se trata de representar a ésta fielmente de otra forma, captando su propio instante decisivo en los detalles. E interpretando a estos sin que dejen de ser realidad ni apartándose de ella, de su color, del efímero tono de luz. Un golpe de vista puede expresar perfectamente un sentimiento, una pasión.

Ir al artículo original de El Mundo