L

La Fábrica ha editado su primer fotolibro, «Gea», compuesto por 124 imágenes de la naturaleza recopiladas en veinte años de viajes.

La fotografía le ha gustado a Pío Cabanillas (Madrid, 1958), a qué negarlo, desde que era un crío. Siempre que puede, con su cámara colgada, recorre el mundo. Se confiesa cinéfilo, le gusta «todo lo que huela a Magnum» y adora «Vidas rebeldes». Ayer presentó en La Fábrica su libro «Gea», que recorre paisajes de uno y otro lado del globo.

–Es su primer fotolibro.

–Sí, aunque mi relación con la fotografía es de siempre. Expuse en 2014, en 2015 y dejé parte de 2016 para preparar este volumen, pero el proyecto creció, me dio más y más trabajo y dediqué el año entero a hacerlo. Me hacía especial ilusión y estoy satisfecho del resultado. Es un recopilatorio de 20 años que recoge 124 fotografías de 80 localizaciones de 16 países diferentes.

–Lo suyo es estar con la mochila al hombro y ser un trotamundos.

–He viajado bastante cuando he tenido dos o tres días o si he podido reunir diez. Entonces cojo el petate y me marcho. Mis hijas me dicen que soy insoportable en los viajes, que no hago nada más que estar haciendo fotos. Lo que me gusta es buscar sitios emblemáticos pero no volver con la foto de siempre; quiero enfocar el detalle.

–¿Tiene el ojo más predispuesto para ver lo que otros no somos capaces de encontrar?

–El ojo son bastantes cosas: sensibilidad, curiosidad, imaginación; es un instrumento de perfección mecánica. Eres tú. Lo que eres capaz de captar en un instante determinado después ya no lo ves de la misma forma. Con la fotografía no tienes posibilidad de aburrirte porque la naturaleza es aplastante, inabarcable.

–Son imágenes de naturaleza en estado puro, a veces parece que tengan un tono de irrealidad.

–Hay miles de maneras de ver cada sitio y todas ellas son una forma de protección de la naturaleza. Vemos demasiadas imágenes dantescas de ella por eso hay que mostrar la otra cara, que la tiene, enseñar esa belleza que hemos que preservar. Y soy un fotógrafo de ese lado.

–De un lado que parece imaginario.

–Hace unos días me lo dijo un periodista. Pero no es así, pues la realidad que yo muestro es radical, está ahí y no somos conscientes de ella. Me gusta ir al detalle, a los gestos, las cicatrices. Los grandes planos abruman pero no llegan al corazón.

–Ni el hombre ni su huella existen en estas fotografías.

–Solo hay una fotografía que hice porque un amigo me lo pidió, es una casa, en la que a él le gustaría vivir, en mitad de la naturaleza, pero no hay más.

–La foto que prefiere es…

–La última, ésa siempre es la mejor. Depende también de las circunstancias de tu propia vida. A mi me hizo especial ilusión conocer el campo base del Everest, pero he visto paisajes abracadabrantes en Vancouver.

–¿Por qué aparece un verso de Walt Whitman al comienzo de cada una de las tres partes en que se divide «Gea»?

–Sencillamente porque me gusta mucho. Lo mismo sucede con la introducción de Humboldt. Pensé que no había mejor manera de definir estas imágenes que con el extracto de «Cosmos». Además, no quería que nadie escribiese por mí. Es un texto de enorme belleza. Y en el caso de Whitman porque los versos de «Canto del camino abierto» parecían hechos a la medida.

–¿Y usted no se queda con las ganas de haber escrito algo?

–Yo no tengo que decir nada más. Dejo mis fotografías para que las vean. Me he dado cuenta, además, de que cuando voy a un museo la mayoría de la gente está agachada mirando la plaquita que hay junto a la obra. Y eso es lo que yo no quería que sucediera aquí. Solamente deseo que el espectador mire las fotos.

–El fotolibro vive uno de sus mejores momentos.

–A mí me parece un placer analógico inaudito. Mira, me dijo hace unos días alguien que mis fotografías eran estupendas para colocarlas como fondo en el móvil y le dije: «Si lo haces, te denuncio». Es un libro y como tal hay que dedicarle tiempo y con calma y un gin tonic verlo. No pido más que quien lo tenga entre las manos le pueda dedicar un tiempo.

–¿Viaja solo o con la familia?

–Unas veces solo y otras en compañía, aunque aguantarme en los viajes es tremendo. Me dicen que soy imposible porque me enamoro de los encuadres y me puedo quedar horas mirando un paisaje.

–Entre todos los lugares que ha visitado habrá algunos a los que haya vuelto más de una vez.

–Al Salar de Uyuni o al Himalaya. Me parece un espacio absolutamente increíble y altamente recomendable pero se necesita ir con calma. Hay que llenarse el olfato de sal.

–¿Tiene otro libro en perspectiva?

–Lo más cercano es la presentación de un cuaderno en Photoespaña, un trabajo bastante especial para mí, también de mis viajes, en blanco y negro. Después tendré exposiciones en Londres y México.

–¿Volvería a la política?

–No, nunca más. Fueron tres años que se cerraron hace doce.
Fuente Original : La Razón