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Pasión por la Fotografía

¿Cómo se crea una identidad visual? ¿De dónde proceden las conexiones que creamos en nuestro cerebro relacionadas con el gusto? ¿Por qué comprar una determinada pieza y no otra? Cuando se conoce a un nuevo coleccionista, buscamos respuestas a estas cuestiones. Y no hablo de preguntarnos si los conjuntos reunidos por ellos son bibliotecas de sentimientos o de preocupaciones, sino de considerarlas como una forma de mirar cuestiones que su propietario encuentra significativas y que comparte. Pues todas ellas son, al fin y al cabo, una manera de entender cómo los artistas aprenden del mundo y crean signos imborrables en el tiempo. Me gusta definir una buena colección como aquella que destaca por el anhelo educativo que impulsa a su promotor. Su formación supone un proceso de aprendizaje, al que se suma el deseo de conservar una serie de objetos desde una sensibilidad concreta.

Instalación (160 x 80 cm) de Chema Alvargónzalez junto a Edward and Margrethe (35,6 x 45,7 cm) de Imogen Cunningham.

Hay muchos tipos de colecciones privadas: por inversión, por estatus, con una narrativa, concreta, superficiales o aquellas llamadas a perdurar. Pero, si hay unas que llaman especialmente mi atención, son las que forman los artistas.
En ellas se producen dobles conexiones que hablan, por un lado, de qué adquiere un individuo que es además creador y, por el otro, de cómo esa manera de adquirir arte se relaciona con el resto de procesos implícitos en su propia producción. En ese sentido, resulta interesante reflexionar sobre cómo unos autores ven las obras de otros y saber por qué les atraen. Ese es el caso de Pío Cabanillas.

Cuando vi por primera vez sus obras, me vinieron a la cabeza estas conexiones mencionadas, pues él adquiere piezas –especialmente fotografías– al tiempo que crea las suyas. Perteneciente a una familia de juristas, escritores y diplomáticos, este expolítico ha sido ejecutivo en medios audiovisuales tanto de Estados Unidos como de Europa; ha ocupado cargos en la Administración Pública y en grandes corporaciones del ámbito de la comunicación. Desde hace años, se ha dedicado a la fotografía, siguiendo la senda de la captación de la naturaleza, el paisaje y las diferentes culturas que ha encontrado durante sus viajes.

Al fondo del vestíbulo, pintura de Miguel López-Remiro Forcada. De frente, fotografía de Henri Cartier-Bresson, Retrato de Marilyn Monroe (30 x 20 cm) en el set de Vidas Rebeldes (1960).

Alguien como él, que aglutina una experiencia ejecutiva tan amplia y que hace aproximadamente 20 años compagina este perfil directivo con la fotografía, ¿cómo y qué colecciona?

Me adentro en su residencia situada en el Paseo de la Castellana para responder a estas cuestiones. La primera impresión que uno tiene es que se trata del hogar de un gran lector, principalmente de temas jurídicos (posee más de 5.000 volúmenes especializados). Una enorme estantería da la bienvenida al visitante, que enseguida se siente abrumado ante tanto tratado de Derecho. Además de esa constante presencia de libros, también se ven películas – otra de sus pasiones– junto a documentos de Historia y Geografía.

Averiguar si se es o no coleccionista no resulta sencillo. «Yo no sé si lo soy. Prefiero decir que tengo obras que me rodean y que me gusta que estén a mi lado. No como decoración, sino como algo más. Me encanta el arte en sus distintas manifestaciones y, cuando veo algo interesante, intento adquirirlo. Pero la verdad es que no me definiría como coleccionista». Ese reparo hacia la expresión «ser coleccionista» habla de un respetuoso entendimiento del arte. Mientras charlamos de las obras que conforman el conjunto que atesora en su casa, desde fragmentos de un retablo religioso hasta esculturas contemporáneas, mobiliario de diseño, instalaciones luminosas, libros ilustrados o piezas del sudeste asiático, le pregunto por sus inicios. «Me tendría que remontar a mi juventud porque, en realidad, en casa ya se coleccionaba. Es una afición que he heredado. Creo que a los que nos gusta el arte no sabemos decir exactamente cuándo comenzó nuestra pasión, ni cuándo nació la idea de empezar a crear un hilo conductor con los objetos que hemos ido adquiriendo. Yo diría que siempre los he apreciado y que esta pasión se ha ido materializando en distintas fases».

En el comedor, dos estructuras metálicas soportan dos fotografías del propio Cabanillas del libro Gea (2017).

Entonces rememora cómo en su hogar había una predilección por la pintura, además de por la literatura (entre sus parientes se cuentan varios escritores y poetas). Tiene marcado el recuerdo de todos aquellos pintores que veía de niño y que a menudo visitaban su casa. Porque su padre no solo adquiría obras, también patrocinaba a jóvenes creadores como Jaime Quesada, que pasaba largas temporadas en su residencia mientras trabajaba. «A él lo tuvo apadrinado mucho tiempo», explica. «También estuvo con nosotros el pintor Fausto de Lima, además de varios acuarelistas gallegos, como Heredero o Rafael Alonso». Somos lo que hemos visto de pequeños. Reflexionamos sobre cómo los coleccionistas habitualmente han sido testigos de ello durante su infancia. «Efectivamente, esos recuerdos de autores pintando en mi casa me marcaron mucho.

Yo me preguntaba por qué hacían esas obras y eso debió quedarse conmigo. Más tarde, vendría todo el desarrollo de adquirir piezas yo mismo». Cuando contemplo el conjunto que ha ido armando –en torno a una sensibilidad muy peculiar y fina– entiendo que esto viene de lejos. Posee obras de Amado Arias, paisajes clásicos de Castilla pintados por Benjamín Palencia, piezas de Eduardo Chillida o lienzos pertenecientes a la nueva pintura española y varios ejemplos del informalismo (entre ellos, Manuel Hernández Mompó, Antonio Saura o Fernando Zóbel).

Pero no solo se ha interesado por los autores nacionales, también ha adquirido piezas pertenecientes al constructivismo uruguayo –un periodo por el que siente debilidad– y del argentino Eduardo Stupia. Sus gustos van desde Chema Alvargonzález, a Úrculo o Eduardo Arroyo. También aprecia los clásicos. De ahí que en las distintas habitaciones se vea una mezcla de arte contemporáneo y antiguo, todo dispuesto de forma sorprendente. En el recibidor, por ejemplo, nos topamos con un retablo que pudo rescatar de una antigua iglesia gallega. Distintas secciones del mismo se reparten por otros espacios de la vivienda. El conjunto, confiesa, lo ha creado siguiendo un gusto propio, «sin contar con asesores». Es el fruto de su búsqueda personal por ferias, galerías de arte o tiendas especializadas que ha encontrado durante sus viajes; así como el resultado de sus vivencias profesionales, de lo que aprendió de niño y, en definitiva, de cómo todas esas experiencias han condicionado su forma de mirar al mundo.

En la pared, una pintura (2012) de Rosa Brun (Madrid, 1955). En el suelo, fotografía de Joel Meyerowitz (Nueva York, 1938), realizada en Málaga en 1967 (50 x 70 cm).

En una de las paredes del salón, cuelga una pintura sobre papel de grandes dimensiones de Javier Velasco. El artista gaditano utilizó mercurio para concebir esta obra, que cambia de color según la temperatura ambiental. En el comedor se encuentra una gran pintura –casi mural– con una enorme ballena. Se trata de una pieza creada expresamente para este espacio en 2012

por el diseñador y artista Rafael Sañudo. Una voluminosa escultura con forma de árbol, obra de Oscar Vautherin y encargada específicamente para el espacio donde se ubica, habita en el salón.

Muy cerca, encontramos dos maletas, concebidas como cajas de luz, imagen y reflejo, de Chema Alvargonzález. Hay espacio también para creadores como Cristina Lucas, con dos obras bordadas que representan sendas escenas de interiores. Sin embargo, si hay una disciplina que destaca por encima del resto, esa es la fotografía. Basta con mirar cualquiera de las paredes para comprobarlo. De una de ellas cuelga una imagen de Alicia Martín que se relaciona con los libros que la rodean. A esta se suman diversas instantáneas hechas por Chema Madoz y otros autores internacionales como Francesco Jodice, Max Pam o Michael Kenna.

En uno de los dormitorios de la casa cuelgan cuatro fotografías de Pio Cabanillas. Pertenecen a su serie Baroque (2017) (180 x 120 cm y 60 x 60 cm). En la mesilla de noche, una escultura de Eduardo Úrculo (Santurce, 1938 – Madrid, 2003), El regreso de Williams B. Arrensberg, que tiene relación con otra obra igual, pero de mayores dimensiones, instalada en el centro de Oviedo.

Entonces me habla de su amor por la cámara y de todas sus obras: las que ha comprado durante las últimas décadas y las suyas propias, que también se encuentran diseminadas por el hogar. «Ahora que lo pienso, quizá sí soy coleccionista de algo en concreto. Desde hace muchos años, adquiero imágenes que se realizaron durante el rodaje de la película Vidas Rebeldes [The Misfits], con guión de Arthur Miller y protagonizada por Clark Gable, Montgomery Clift y Marilyn Monroe. En ese film se juntaban todos mis mitos: Marilyn, John Huston y los fotógrafos de la agencia Magnum, en particular Cartier-Bresson y Eve Arnold». Esta agencia fue la encargada de la promoción de la legendaria película, por eso Eve Arnold, Cornell Capa, Henri Cartier-Bresson, Bruce Davidson, Elliott Erwitt, Ernst Haas, Erich Hartmann, Inge Morath y Dennis Stock tuvieron acceso al set. La feliz reunión de varias estrellas del cine con nueve de los fotógrafos más célebres del momento supuso «uno de los mejores ejemplos de creatividad en este medio», reconoce. Es cierto que en Magnum hubo –y aún hoy hay– muchos autores y buenos reportajes, pero la confluencia de cine y fotografía de ese momento preciso llamó su atención.

Libros de derecho sobre una estantería de cristal y espejos. Reflejado, un acrílico sobre lienzo de Rafael Sañudo, 2012 (400 x 250 cm).

Por eso atesora varias instantáneas de Elliott Erwitt, Bruce Davidson y Eve Arnold. «Ese fue un proyecto que creó algo que considero mágico. Los fotógrafos clásicos de Magnum metidos de lleno en una película de John Huston», explica con pasión. Destaca una fabulosa copia de época, de Cartier-Bresson, junto a la librería. Retrata a Marilyn Monroe como lo que fue: un icono. Mientras la contemplo, me sorprendo de la búsqueda para reconstruir esa mítica grabación de Huston. Otra instantánea situada en un rincón llama mi atención; me acerco y compruebo que se trata de una copia de época de Imogen Cunningham de 1923. Es uno de los retratos de los fotógrafos Edward Weston y Margrethe Mather, pioneros de su campo en la primera mitad del siglo XX.

La reunión de piezas en torno a Vidas Rebeldes es el paradigma de cómo encontrar un nicho dentro de un ámbito concreto y, posiblemente, una de las vías más interesantes para formar un conjunto realmente diferencial. Convive con el resto de obras descritas antes pero, en este entorno, adquiere una dimensión adicional. Cuando vuelves a pensar que Cabanillas es fotógrafo, entiendes lo comentado al principio: lo especial de las colecciones reunidas por artistas y cómo estas pueden alimentar la creatividad de su propietario.

Por Miguel López-Remiro Forcada.
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