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Expone en La Fábrica, de Madrid, hasta principios de noviembre, una veintena de imágenes tomadas en 2009, antes del conflicto bélico que ha asolado el país.

Pío Cabanillas es un trotamundos. No lo puede negar. Le imaginamos siempre con la mochila al hombro y la cámara colgada del cuello dispuesto a partir hacia un lugar remoto. Sus libros anteriores hablaban en color y blanco y negro de sitios lejanos, de paisajes en los que la huella del hombre se borraba, desdibujada por una naturaleza apabullante.

En 2009, dos años antes de que Siria entrara en una guerra que parece no tener fin, un goteo incesante, diario, de muertes, de gentes que claman justicia mientras la mirada se nos desvía sin querer queriendo hacia el móvil, nuestro protagonista puso rumbo a ese bellísimo país y el resultado surge ahora por partida doble, en forma de libro y de exposición en la que destaca su recorrido por lugares emblemáticos de aquel país. «Eran fotos de muy poco tiempo antes de la guerra. Cuando empezó el Daesh con su destrucción comencé a rumiar este proyecto. Frente a la destrucción, la barbarie y la guerra opongo la cultura, la belleza y la paz». Desde 2017 le lleva dando forma. En Inglaterra se lo rechazaron porque podía ser polémica. «El espectador va a ver una Siria luminosa que lo ha tenido todo en la Historia y que ha sido destrozada. Todas las imágenes que se pueden ver son monumentos que han sido patrimonio de la Humanidad y que han volado. Lo que está colgado ahora no existe», declara. Y deja una frase para el final: «La memoria permanece».

Una veintena de aquellas tomas cuelgan ahora de las paredes de La Fábrica, en Madrid, mientras que el libro, que presentó ayer Ángeles González-Sinde, alberga más de 80, todas ellas en blanco y negro, técnica a la que tan aficionado es Cabanillas, junto a poemas inéditos de autores sirios y un fragmento de la «Guía para viajeros inocentes», de Mark Twain, que por allí estuvo en 1867.

Con la cámara encima

Cabanillas no es de los que van a un sitio o a otro a hacer una fotografía, sino que es ésta la que le lleva, y lo explica así: «A veces vas buscando un lugar concreto porque te han hablado de él o lo has visto en un documental o un reportaje; sin embargo, existen también esos otros que desconocías, que no estaban en tu mapa y que te hacen abrir los ojos y decir que has encontrado una mina. Yo siempre llevo la máquina encima. Veo muchas localizaciones, aunque no tengo una idea preconcebida. Voy creando conceptos y surgen las exposiciones», comenta.

Las piedras permanecen en silencio, conservan sus siglos de historia, esa decrepitud tan señorial que hoy es pasado. De ahí que cobre un nuevo significado, porque de aquellos monumentos apenas queda piedra sobre piedra. Son estampas que nos recuerdan que la barbarie nunca podrá borrar de nuestra memoria la grandeza de un pueblo y de las civilizaciones que allí se asentaron. Dos años después de que este trotamundos descubriera Siria la guerra estalló y se lo llevó casi todo por delante. Sus fotografías son un documento hoy único, silencioso y lleno de recuerdos de tiempos mejores. Por el libro desfilan Palmira, Crac de los Caballeros, San Simeón, Hama, Aphmea, Damasco, Bosra y Alepo, lugares bellísimos antaño que hoy asociamos a caos, muerte y devastación. Trozos de historia que fue y que supo retratar Cabanillas con su cámara. «Para quien nunca haya visitado el país son imágenes que le pueden trasladar al esplendor de aquella tierra. Creo que es una bella contribución», añade.

Ante cada nueva exposición el artista nos comentaba que siente respeto hacia el público más que vértigo. Y que es la última foto que cuelga con la que se queda: «Siempre he escuchado eso de que uno se queda con lo último que ha escrito, con su última exposición… Pensaba que era un topicazo y, sin embargo, es lo que estoy viviendo porque ésta es la que más me gusta. Es parte de tu propia evolución». Será esta Siria bellísima la que le haga inclinar la balanza.

Vía La Razón. El artículo completo AQUÍ