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Lo que empezó como un pasatiempo se ha convertido con el paso de los años, no en un modo de vida, sino en una manera de vivir la vida. No es que Pío Cabanillas (Madrid, 1958) mire lo que sucede a través del objetivo de una cámara, pero casi, pues confiesa que siempre la lleva al cuello. La que ayer inauguró en la galería madrileña Aina Nowack no se aparta de la línea de anteriores trabajos de poner el foco sobre «naturalezas abstractas. Me fijo en las líneas, las formas, las texturas», comenta, aunque lo que de verdad le importa es «descontextualizar al espectador y ver la emoción que producen en él las imágenes».

Trotamundos casi de profesión, este conjunto de 36 trabajos retrata puntos del globo tan dispares como Bolivia, Perú, Canadá o las islas Galápagos, «y todo ello con un mismo hilo conductor, que es la idea de surcos. Lo mismo que en el ser humano las arrugas denotan que el tiempo pasa y que se va llegando al final, en la naturaleza es símbolo de cambio. Juego así con las ideas de mutabilidad y permanencia», comenta.

La idea de surco

Cabanillas no es de los que van a un sitio o a otro a hacer una fotografía, sino que es ésta la que le lleva: «A veces vas buscando un lugar concreto porque te han hablado de él o lo has visto en un documental o un reportaje; sin embargo, existen también esos otros que desconocías, que no estaban en tu mapa y que te hacen abrir los ojos y decir que has encontrado una mina. Yo siempre llevo la máquina encima. Veo muchas localizaciones, aunque no tengo una idea preconcebida. Voy creando conceptos y surgen las exposiciones», explica. Parecen tierras áridas con colores desgastados. La fractura de una montaña; una línea sinuosa que se antoja un río, o quizá un volcán. Y agua y tierra. Y un ojo que es capaz de ver lo que el resto no contempla. Quizá en el Salar de Uyuni. O en el Himalaya, a lo mejor, dos de los lugares que más apasionan a Cabanillas.

El gusto por el enfoque y el obturador le nació hace unos 15 años «como hobby y cada vez me va ocupando más tiempo, pero aun no la totalidad. Antes me servía simplemente de escape», confiesa. Sobre la política no quiere oír ni hablar. Él ya estuvo allí, sabe lo que se cuece y nos dijo tiempos atrás que no volvería a ella.

«como hobby y cada vez me va ocupando más tiempo, pero aun no la totalidad. Antes me servía simplemente de escape»

Se mantiene firme en su idea, por eso es su trabajo como fotógrafo el que monopoliza esta conversación. ¿Cuando ve colgadas las obras siente satisfacción, vértigo…? «Lo primero es una sensación de miedo o de respeto al hacer público tu trabajo y al tiempo una gran ilusión al haberlo acabado, tanta que te apetece compartirlo», dice. Cuando le preguntamos si esta de ahora es la mejor, de la que se siente más satisfecho por ser la última responde, con una sonrisa: «Siempre he escuchado eso de que uno se queda con lo último que ha escrito, con su última exposición… Pensaba que era un topicazo y, sin embargo, es lo que estoy viviendo porque ésta es la que más me gusta. Refleja tu sentir del momento y es parte de tu propia evolución».

Tiene algún proyecto en mente, no lo niega, pero falta concretarlo porque él se decanta por una idea y la galería parece que le tienta a ir por otro camino. «Ya veremos», comenta. Y lo veremos. De las 36 obras que expone en Madrid 26 son fotos de pared y otras 10 metacrilatos. Vuelve al color, que ya se vio en anteriores exposiciones. E invita a vencer el miedo, a empujar la puerta y entrar en Aina Nowack, una sala muy peculiar que está en la propia casa de su dueña.

La Razón
Artículo Original: https://www.larazon.es/cultura/un-trotamundos-llamado-pio-cabanillas-EO18703689